Jizos Los protectores de camino
- Dani Triguero
- 8 may 2023
- 4 Min. de lectura
Los Guardianes Silenciosos de Japón
Si has caminado por Japón, seguramente te has cruzado con ellos: pequeñas estatuas de piedra con aspecto infantil, vestidas con gorritos y baberos rojos, que custodian caminos, templos y cementerios. Son los Jizō (地蔵), una de las figuras más queridas y conmovedoras del folclore japonés. Detrás de su apariencia dulce se esconde un significado profundo que toca los aspectos más vulnerables de la existencia humana.
El Origen y Significado Diwa

¿Quién es Jizō?
Jizō Bosatsu (en sánscrito, Ksitigarbha) es un bodhisattva budista cuyo nombre significa "portador de la tierra" o "almacén de la tierra". Como la tierra fértil que da vida y sustento, Jizō es un ser compasivo que protege a los más vulnerables: niños, viajeros, mujeres embarazadas y bomberos.
A diferencia de otras deidades budistas representadas con ornamentos elaborados, Jizō aparece como un monje humilde, con túnica simple y cabeza afeitada. En su mano izquierda sostiene una joya que cumple deseos; en la derecha, un bastón con seis anillos que representan los seis reinos de la existencia budista y que agita para despertar a las almas de las ilusiones.

El Protector de los Caminos
Es común encontrar estatuas de Jizō a lo largo de senderos de montaña, en cruces de caminos y a la entrada de pueblos. Como guardián de los viajeros, Jizō vela por aquellos que emprenden el camino, protegiéndolos de los peligros del viaje.
Existe incluso una leyenda en Nikkō sobre "jizō fantasma": según cuentan, si cuentas las estatuas al ir y al volver, obtendrás números diferentes. Aparentemente, hay algún Jizō travieso que no se está quieto.

El Guardián de los Niños del Agua
Pero el papel más conmovedor de Jizō es como protector de los mizuko (niños del agua), término que designa a los fetos abortados, bebés nacidos muertos y niños fallecidos prematuramente.
Según la tradición budista japonesa, cuando alguien muere debe cruzar el río Sanzu (el Río de las Tres Cruces) para llegar al más allá. Hay tres lugares por donde cruzar: un puente, un vado y un punto de aguas oscuras repletas de serpientes, dependiendo del karma acumulado en vida. Pero los niños que mueren antes de nacer no han tenido tiempo de acumular buenas acciones, por lo que no pueden cruzar y permanecen en el Sai no Kawara, el limbo de los niños.

Allí, obligados por demonios, estos pequeños construyen pagodas de piedras para expiar el sufrimiento causado a sus padres. Cuando los demonios derriban las torres, es Jizō quien acude en su rescate, escondiendo a los niños bajo su túnica y convirtiéndose en su cuidador en lugar de sus padres ausentes.
Un Ritual de Amor y Memoria
Esta creencia ha dado origen a la práctica del mizuko kuyō (servicio para los niños del agua), una ceremonia budista de recordación. Los padres que han perdido un hijo ofrecen pequeñas estatuas de Jizō en los templos, las visten con gorros y baberos rojos, y les dejan juguetes, molinillos de viento y otros objetos infantiles.
El color rojo es fundamental: en Japón se cree que aleja a los demonios y las enfermedades, además de facilitar la vida, la fertilidad y el parto. Los viajeros también construyen torres de piedra frente a las estatuas como acto de bondad, reduciendo la carga de trabajo de Jizō y protegiendo a los niños de los yokai malignos.

No Siempre es Tristeza
Es importante señalar que no todos los Jizō representan pérdida. Muchas estatuas son ofrendas de padres agradecidos cuyo hijo se curó de una enfermedad grave, o de mujeres que piden fertilidad y un parto sin complicaciones. Los Jizō también se conocen como migawari jizō (jizō sustitutos) porque asumen las enfermedades de las personas en su lugar.

Las Seis Estatuas Jizō
A menudo encontrarás seis estatuas de Jizō alineadas, especialmente en entradas de pueblos. Estas representan los seis reinos de la existencia budista y se cree que despiden calurosamente a quienes mueren y renacen en reinos diferentes, protegiéndolos del sufrimiento. Esta configuración también protege a la comunidad de malos espíritus, epidemias y otras calamidades.

Un Puente Entre Mundos
Las estatuas de Jizō, gastadas por el tiempo, cubiertas de musgo y vestidas con cariño por manos anónimas, son mucho más que objetos religiosos. Son manifestaciones tangibles de la compasión, recordatorios de que en el camino de la vida —literal y metafóricamente— nadie está solo.
Representan la creencia de que existe algo más grande que nuestro sufrimiento, una presencia benévola que protege a los más indefensos, que guía a los perdidos, que consuela a los afligidos. En su silencio pétreo, los Jizō transmiten un mensaje universal: el amor no termina con la muerte, y siempre hay un guardián velando por aquellos que no pueden protegerse a sí mismos.
La próxima vez que veas un Jizō al borde de un camino, tómate un momento. Quizás lleva siglos allí, testigo silencioso de innumerables historias humanas. Y recuerda que, en algún lugar entre lo divino y lo terrenal, estos pequeños guardianes de piedra continúan su vigilia eterna.
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